Alemania y yo (I).

Alemania llevaba siendo un sitio importante en mi vida mucho tiempo antes de que yo decidiera mudarme.
La primera vez que vine para quedarme fue, con una beca Erasmus, en octubre de 2005. La Anat de veinte años no tenía ni idea de dónde se había metido (sospecho que la de treinta y seis tampoco) pero se metió. Han pasado dieciséis años de aquello y no sé cuántas vidas. Sin embargo, desde entonces, cada una de las veces que he vuelto a Alemania me he sentido en casa.

La catedral de Berlín en 2005

¿Cómo se forjó aquella relación? No lo tengo claro.

El 10 de noviembre de 1989 yo estaba a punto de cumplir cinco años (ojo, que eso era ya una mano completa) y en la tele se repetían las imágenes del día anterior de la caída del muro de Berlín. No entendía nada y no recuerdo explicaciones al respecto, pero sí tengo una visión nítida de lo que vi. Había oscuridad de fondo y muchos colores en la ropa de las personas que se abrazaban, lloraban y gritaban. No tenía nada claro si aquello que estaba pasando era bueno o malo.
Conociendo las dinámicas familiares, posiblemente mis padres me contarían qué había ocurrido y por qué era un momento histórico. Quizá así nació mi curiosidad/obsesión por las consecuencias de la II Guerra Mundial en Europa occidental. Y especifico, porque fui una eurooccidentalista ciega hasta los veintidós o veintetrés años.
Puede ser que no fuera ese día y, en algún otro momento, descubriera algo sobre el tema. La realidad es que, desde que me dejaron elegir mis propias lecturas, se acumularon en mis estanterías libros sobre Alemania, la Unión Soviética, el comunismo, el nazismo y el Holocausto. Leí y sigo leyendo muchas de aquellas historias. Sin embargo, también me fascina la Guerra Civil y no me he ido a vivir a Belchite.

Maus, la primera novela gráfica que leí (o casi).

La primera vez que pisé Alemania me fui a pasar unos días a Berlín con la que era mi mejor amiga, antes de mi viaje definitivo de Erasmus. Ella estaba más excitada que yo, aunque eso era fácil, porque mis emociones me tenían completamente colapsada. Recuerdo no entender nada y querer llorar cada dos minutos, aunque no se lo dije nunca, creo. Las pocas veces que intenté preguntar algo sola me quedé muda y acabé hablando con las manos y sonriendo como una idiota.
Además todo era diferente: las calles, la cara de la gente, los sonidos… ¡Hasta los semáforos! La primera vez que uno se puso en verde me puse a buscar como una loca la razón de aquel tictac tictac que sonaba a bomba .
El plan era que yo perdiera el miedo de hablar alemán, pero muy bien, muy bien no nos salió. Sin embargo, sí comencé a normalizar lo alemán.

Vistas desde la puerta de mi primera casa en Alemania.

Un mes más tarde empecé el Erasmus y aquello sí que me voló la cabeza. Pero de eso, hablaremos en otra entrada.

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