La alcachofa que soñaba ser ramo preservado.

En la entrada titulada “La hortaliza que soñaba ser pescado” te conté que había encontrado una alcachofa del tamaño de mi cabeza en el mercado de Freiburg.

Aquello me hizo tremendamente feliz. Las alcachofas son una de las verduras que más me gustan del mundo. Mi madre lo sabe bien y en temporada solía prepararme una o dos raciones por semana. De pequeña me encantaba limpiarlas, pero con el paso del tiempo me aburrió; así que mi forma favorita de prepararlas, cuando cocino yo, es al horno o al microondas.

La primera vez que probé esta receta fue con ocho o diez años. Mi tía hizo las alcachofas en la chimenea con un poco de sal y nos las comimos pétalo a pétalo. Lo recuerdo y se me hace la boca agua. Me flipó aquello de deshojarlas. Si no las habéis probado nunca así, es una manera maravillosa de consumirlas.

Quizá con este recuerdo de infancia, del calor de la chimenea, del regusto a sal en la boca, te puedes imaginar cómo me sentía aquella tarde en la que, después de un año, tenía previsto contactar con todo aquello comiéndome la alcachofa. Recordemos el tamaño de la misma, antes de seguir.

Alcachofa del tamaño de una cabeza humana.

Sin perder de vista que es tan grande como mi cabeza, sigamos.

Empecé a prepararla un rato largo antes para que se hiciera bien. Busqué recetas, corté el tallo, revisé los tiempos, puse el horno, eché sal, un poquito de agua…

¿Has echado algo en falta? Sí, no limpié las primeras hojas, pero asumí que no era muy necesario.

Cuarenta y cinco minutos después la alcachofa estaba cruda, casi como recién cogida.

Noventa minutos después la alcachofa estaba un poquito hecha. Dos pétalos pudimos comernos.

Ciento cincuenta minutos después la alcachofa estaba más hecha, pero teníamos cero ganas de comérnosla. Así que la empaquetamos para el día siguiente.

Veinticuatro horas y cuarenta minutos después la alcachofa fue un fracaso total. La mitad de las hojas estaban demasiado duras para comerlas y al llegar al corazón todo fueron pinchazos.

Mi gozo en un pozo. De los profundos. Creo que no volveré a comer alcachofas que no sean de bote hasta que vuelva a ver a mi madre (o las encuentre en Francia).

Ahora el supermercado se ríe de mí y ofrece alcachofas en flor como decoración. ¿Nunca has visto una? Yo tampoco hasta que llegué aquí.

Creo que ya sabéis cuál es la próxima flor que tendré en el salón.

P.D. Ya sé que dije que el próximo post iba a ser de lecturas, pero ya sabéis, el próximo a este o al siguiente.

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