La hortaliza que soñaba ser pescado y otras historias de la adaptación.

Claro que lo pensé. Quiero decir, no hice una lista en papel de pros y contras, pero sí sabía que tendría que adaptarme a la comida alemana. Confieso que, en mi cabeza, esto se refería más a la manía de comer un panecillo y cosas a mediodía (nótese que digo “y” y no “con”) o a los horarios (comida a las 12.30, cena sobre las 19) que a los alimentos en sí. No sé por qué los pasé por alto. Quizá porque la mitad de la zona de verdulería del supermercado es española. Quizá porque una se preocupa más de cuándo va a comer que de qué. Hasta que llega el día de la concienciación, claro. Ahí estaba yo, preparando el menú de la semana e intentando meter algo de verdura, un poco aburrida del brócoli, las coles de Bruselas y las espinacas, me aventuré a poner acelgas (sin ser yo nada fan de ellas). Cuando llegó el día y fui a comprarlas, no las encontré. Repetí brócoli, creo.

Al llegar a casa, hice un poco de memoria y revisé los menús anteriores. Fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba meses sin comer judías verdes, acelgas o alcachofas. Cualquiera de esos alimentos verduriles que eran mi cotidianeidad un año antes y que, aunque no me gustasen especialmente, compraba al verlos en la frutería.

No digo yo que en Alemania no sea posible encontrar estos alimentos, digo que yo no los he encontrado (bueno, la alcachofa sí, más abajo os cuento sobre ella) o no los he reconocido. Confieso que el reconocimiento de plantas no es lo mío y es posible que haya visto acelgas, pero no las haya computado como tales. O que pase como con las judías verdes, que aquí hay de esas redondas y largas. Y mira no; me recuerdan a la sopa de verduras de mi colegio que consistía en agua y tres o cuatro trocitos de zanahoria, patata y la dichosa judía verde redonda (creo que esto solo ocurrió una vez, pero me dejó tan impresionada que borró cualquier recuerdo de haber comido sopa de verduras de verdad). En cualquier caso, por aquí se llevan más las raíces y esto supone todo un nuevo mundo de sabores (o no). Un mundo, al que dicho sea de paso, me está costando un poco acostumbrarme.

En cualquier caso, sobre mis desventuras con el colirrábano, la escorzonera y el hinojo hablaremos otro día. Ahora os cuento algo más de cómo estoy intentando solucionar la falta de vegetales en mi alimentación; pero, antes, dejadme que os hable del alimento de la temporada, del descubrimiento alimenticio del momento: el ruibarbo.

Para mí el ruibarbo era un pescado. De toda la vida. ¿A qué sabe? No lo sé, pero un pescado de toda la vida. ¿Me parecía raro que hicieran pasteles con eso? Sí, pero mi madre hace uno exquisito de cabracho, que es la versión atlántica del fugu, y a nadie le parecía raro. Cada uno que haga pasteles de lo que quiera.

Bueno, pues resulta que el ruibarbo no tiene nada de animal (bueno igual algún gusanito escondido entre las hojas). Es una hortaliza. En algún sitio he leído que actualmente se lo considera una fruta, pero todavía no me he recuperado de que no tenga branquias, así que, lo dejamos en hortaliza.

Llevada por la curiosidad (y una sensación de ignorancia supina), el otro día pregunté en mis redes sociales qué tipo de alimento era el ruibarbo. Dejé dos opciones: hortaliza o pescado. La mayoría respondió que “hortaliza” y una pequeña parte, aragonesa toda ella, “pescado”. Señalo la procedencia, porque me pareció significativa, aunque a fecha de publicación todavía no he encontrado asociación alguna entre los peces y el ruibarbo. Seguiremos informando.

Ruibarbo

Ruibarbo en alemán es rahbarber (sueno algo así /gaabagba/) y cuando hace “plop” a mediados de abril, ya no hay stop y aparece por todas partes. Por el momento lo he visto en mermeladas y tartas. Solo se cocina el tallo ya que, por lo que he leído, las hojas son bastante venenosas.

El color me recuerda a las acelgas rojas y el sabor es, inconfundiblemente, el de los Fresquitos de mi infancia. Y es que el ruibarbo, pariente del apio, tiene un característico gusto ácido que, bien acompañado de frutas o de miel, o de cualquier cosa que contenga mucho azúcar (bueno, yo le eché solo dos cucharadas donde decía una taza), es una locura. Confesaré que, atraída por su sabor y la sencillez de la preparación, me atreví a hornear una tarta el otro día. Los resultados de sabor han sido muy satisfactorios; de lo demás, hay posibilidades de mejora.

Tarta de ruibarbo casera

Como os decía antes, hace unas semanas me puse manos a la obra para intentar solucionar mi conflicto verduril: me fui al mercado de Freiburg. Para los despistados, Freiburg es la ciudad grande junto a la que vivo que tiene un maravilloso mercado diario de productos frescos variados que van desde las frutas y verduras al pescado, flores y artesanías varias pasando por los tés, cafés y las tazas de cerámica. Una vez allí, la cosa cambió bastante. Además de que lo avanzado de la primavera hace que la oferta sea mayor, también hay algún puesto con género más selecto. Así que allí estaba yo, recordando los sábados en el mercado agroecológico de Zargoza que tantísimas alegrías me daba en España y al que acudía semanalmente. Y en este mira y remira, lee, pregunta y aprende (¿sabíais que hay tipos de fresas?) me encontré con ¡alcachofas! Más grandes que un micrófono y a precio de oro, pero ¡alcachofas! Por supuesto, compramos. Una. La de la foto. Casi como mi cabeza.

Yo, feliz con mi alcachofa

Otro día os cuento el traumático resultado de su cocción.

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