Anat emprende (I) – El comienzo

Érase una vez una joven aragonesa que, expatriada en Alemania, decidió emprender; pero no tenía idea alguna de cómo empezar. Unos meses antes, siendo consciente de su situación, se puso en manos de una mentora que le ayudó a trazar un plan sobre qué hacer y cómo. Cuando le tocó ponerse manos a la obra, ya en su nuevo país, se sintió absolutamente perdida.

Aragonesita preparada para EMPRENDER en LA SELVA NEGRA germana.
Foto de Daria Rem en Pexels

Además del emprendimiento, estaba en una ciudad (pueblito) diferente con una lengua distinta y alejada de todo lo que había conocido. Los primeros meses intentando hacer lo que había decidido no le resultaron sencillos. Aspiraba a muchas cosas. Había diseñado un negocio, aparentemente brutal, con tres grandes áreas de trabajo distintas y estaba decidida a lanzarlas todas a la vez. No se le ocurrió pensar que podía empezar por una, o por una parte de una, y una vez que estuviera consolidada, desarrollar la siguiente… Tenía una idea objetivo y quería hacerla realidad. Ipso facto.

Nuestra aragonesita era una yonki del aprendizaje, así que decidido hacer lo que había hecho toda su vida: ¿un curso? Sí, pero cuidadosamente seleccionado.
Primero se informó, como lo hacían aquellos de su generación en ese camino intermedio entre las tertulias “a la fresca” y lo digital. Preguntó a gente que ya tenía un negocio (no hizo las preguntas adecuadas, pero de eso se enteró más tarde) y siguió por redes sociales a cualquiera que le prometiera una ayuda para empezar su emprendimiento a cambio de su dirección de correo. Hubo algunas conversaciones (con nadie que pudiese ser competencia, no vaya a ser que me roben la idea) e infinitas clases magistrales de gente que lo había pasado muy mal, pero había tenido una revelación importante y tenía cursos fantásticos para vender. Le acabó convenciendo, tras cuatro días de entrenamiento, una señora que aseguró haber empezado su negocio con una deuda de quince mil euros.
Se apuntó, ahora sí, a un curso convertido en formación-mentoría-comunidad, que iba a guiarla en el desarrollo completo de su negocio. Ojo, de facturar cero a seis cifras en un tiempo corto después de un gran esfuerzo por su parte (siempre hay que ponerle esfuerzo, claro; spoiler, ese esfuerzo nunca es suficiente).

Afortunadamente, a pesar de ser una adicta a las formaciones, nuestra aragonesita era consciente de lo que tenía y no contaba con lo que todavía no. Sumó, restó y, en definitiva, hizo malabarismos con el dinero que todavía le quedaba, puso en jaque todas sus creencias y miedos para asegurarse poder pagar. Nuestra expatriada tenía suerte, su pareja la apoyaba económicamente y podía no preocuparse si tardaba un poco más en ingresar euros con su nuevo negocio. Al menos, hasta que tuviera que pagarse el seguro de salud. En cualquier caso, estaba decidida, iba a hacerlo. Iba a convertirse en empresaria. Ella, que siempre había temido no tener dinero a final de mes, iba a tener su propio negocio.

Mujer joven mirando su ordenador
Aragonesita creyendo que regalando su email va a aprender algo.
Foto de Tim Samuel en Pexels

Empezó su curso, emocionada, extasiada y todavía con la resaca de la mudanza. Bueno, con la resaca y las cajas, claro. Todavía su casa no era suya y parecía estar viviendo de pasada en la casa de otro. Había que adaptar, cambiar y hacer un millar de papeleos; daba igual, ahora tenía una excusa para proteger su tiempo: una cueva que le exigía desarrollar su futuro profesional.

Lo mejor, sin embargo, era que no estaba sola en esa cueva. Tenía un montón de compañeras.

Pero, eso, lo contaremos en otra entrada.

Cuéntame, ¿alguna vez has pensado en hacer algo que unos años antes te hubiera resultado inconcebible? ¿Sigues también a gente en las redes por la promesa de un cambio en tu vida?

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